Para mantener la obesidad importa el color de los Michelin

Para mantener la obesidad importa el color de los Michelin

24/11/2022

Qué mal nos sabe decir a los abuelos durante una comida que ya no podemos ni con un huevo frito más. “¡Pero abuela, que no es mi culpa, es la leptina!” Mi justificación para no hacer brillar el plato es la hormona ligada a la sensación de saciedad, que también se revela como un alias para combatir la obesidad a través de un proceso fisiológico que implica un curioso cambio de color.

Para entender cómo funciona, comencemos desde el principio. La grasa procedente de los alimentos se acumula en células especializadas, los adipocitos, que forman el tejido adiposo. Pero cuando esta preparación es excesiva, produce lo que comúnmente llamamos obesidad.

Así no solo observamos un aumento de volumen y peso en el individuo, hasta que su tejido adiposo no necesita funcionar correctamente. El metabolismo de las adipocitos comienza a deteriorarse y se eliminan diversos procesos fisiológicos perjudiciales; entre ellos, procesos inflamatorios.

La función de este tejido no es solo la de almacenar: también actúa como fuente principal de energía en situaciones demandadas. Por añadidura, hablamos de un tejido yo vivocapaz de secretar señales que actúan en órganos como el páncreas o el sistema nervioso.

Entre estas señales se encuentra la citada leptina, una hormona que, a través de la ingestión de alimentos, viaja desde el tejido graso por el torrente sanguíneo hasta nuestro cerebro y activa la señal para hacernos llegar a esta hora más.

Solo con esto podemos hacernos una idea de qué mecanismos se alteran en el desarrollo de la obesidad. Pero si la leptina cambiara además el color de nuestra grasa para hacerla menos perjudicial?

Tres colores aguanta la grasa

Cuando decimos que el tejido adiposo es yo vivo, es que de verdad está vivo y fluyendo. Y el color aquí importa. Porque el tejido graso se clasifica, según el aspecto y la actividad de sus células, en blanco y pardo. Este último es muy común en las recién nacidas, pero muere con el crecimiento.

El tejido marrón es el más efectivo para quemar grasas y liberar la energía almacenada en forma de calor. Para ello se utilizan mitocondrias y se consumen muchos vasos sanguíneos capaces de regular la temperatura en todo el cuerpo.

La comunidad científica ha demostrado la existencia en adultos de un tipo de adipocitosis intermedia entre estas dos subdivisiones: los adipocitos. Beis, padres muy cercas del tejido adiposo marron. Lo interesante es que las adipocitosis pueden cambiar de un tipo a otro dependiendo del estímulo que reciban, proceso que se ha denominado browning o “pardeamiento”.

El gran interés de los investigadores en esta transformación reside en que los adipocitos tienen mayor capacidad para apagar las grasas cocidas y liberar energía en forma de calor que las claras. Entre otras razones, por ello expresan un mayor número de mitocondrias en su interior. Y estos, como hemos visto anteriormente, son cruciales para la función del tejido graso pardo.

El pardeamiento se basa en una serie de cambios llevados a cabo para llegar a ciertas proteínas en el interior de los adipocitos, las cuales dirigen las rutas que deben ser azucaradas como la glucosa, como si estuvieras en una autopista. Muchos de ellos se encargan de activar o bloquear la presencia de otros cambiando la información que transmiten a nuestro ADN.

Estos supercontroladores reciben en biología molecular el nombre de “factores de transcripción” y son esenciales para multitud de procesos fisiológicos y órganos tan vitales como el corazón.

Las cerillas moleculares para quemar grasa

¿Cómo sabes cómo piensa el michelín que cambia el color?

La grasa se autocontrola. Uno de los estímulos que reciben los adipocitos es la señal de leptina que producen para alertar a nuestro cerebro de que parecemos venir. La hormona activa conexiones nerviosas que regresan la grasa para indicar que ya es hora de tomar sus comidas y dejar de ingerirla.

se extiende retroalimentación si se recibe correctamente, como un boomerán, la leptina pone en marcha el proceso de quema de grasa en los adipocitos, que pasan de blanco a blanco al activar factores de transcripción como la denominación PPARβ/δ.

Cuando esta proteína se activa, se une al ADN y dirige la información para que se controlen los procesos de oxidación, almacenamiento de lípidos o procesos inflamatorios en el interior de las células. Entonces empiezan a aparecer los adipocitos beis. Cargado de lípidos oxidantes con mayor eficacia, permitiendo ubicar la grasa almacenada en zonas preparadas para ello. Es importante que órganos tan vitales como la colmena o el corazón no acumulen lípidos en su interior o en sus alrededores, y que la función principal de sus células no sea la de quemar grasa.

Potenciar el proceso está en nuestras manos: una buena alimentación o ejercicio físico ayuda a que la sensibilidad de estas conexiones sea mayor y que nuestro tejido graso mantenga esta capacidad de transformación.

Cuando no podamos más, también tendremos que explicar a nuestros abuelos que el color de los Michelin importa, y que la leptina la ocupa.

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